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Desigualdad Social (I)

img2En estos tiempos en que la crisis del capitalismo azota con dureza, los problemas económicos de mucha gente se han agravado, bien porque no encuentran trabajo, bien porque la precariedad laboral se ha extendido enormemente. Este hecho ha provocado que la desigualdad social, en lo que a renta y riqueza se refiere, haya aumentado. Debido a ese incremento, el tema de la desigualdad ha salido a la palestra, apelando a la injusticia social que supone este fenómeno. Pero, más allá del aspecto moralmente reprobable de la desigualdad, con este artículo lo que se pretende es sacar a relucir otros factores menos subjetivos y más cuantificables, que demuestran lo perjudicial que es la desigualdad (no solo para quien la sufre, sino para toda la sociedad).

Para desarrollar este artículo se ha tomado como referencia el libro Desigualdad. Un análisis de la (in)felicidad colectiva de Richard Wilkinson y Kate Pickett, un estudio abrumador elaborado durante años sobre dicho tema.

Antes de entrar en materia, es importante explicar cuáles son los países más desiguales, ya que esto ayudará a entender mejor lo que se explicará a continuación. En cuanto a los países más desiguales cabe destacar todos los países que hicieron los giros neoliberales más drásticos en los años 80 (a pesar de que, en mayor o menor medida, en casi todos los países del mundo podemos observar trazas de ese neoliberalismo). Entre ellos se encuentran EEUU, Reino Unido, Australia y Nueva Zelanda. Portugal es otro de los países más desiguales. Y, por encima de todos, el país más desigual es Singapur, una ciudad-estado, criticada a menudo como dictadura o autocracia.

El crecimiento económico, una panacea extinguida

El crecimiento económico ha venido impulsado, sobre todo, por el capitalismo, habiéndose disparado desde la revolución industrial. Anteriormente, el crecimiento económico se plasmaba en la sociedad como mejoras de la calidad de vida. Pero, en las últimas décadas esto ha cambiado. Se ha alcanzado un umbral de calidad de vida material, que provoca que el aumento del PIB no conlleve una mejora de la calidad de vida y del bienestar social. En las sociedades más ricas, cuanto más se posee, cada cosa que se adquiere contribuye menos al bienestar y a la esperanza de vida (gráfico 1).

Esperanza de vida (Gráfico 1)

Esperanza de vida (Gráfico 1)

Todo esto genera malestar en los ciudadanos. Según una investigación del Harvard Institute, la población estadounidense siente que entre ellos y la satisfacción de sus necesidades sociales se interpone un materialismo grotesco, y querrían abandonar la avaricia y el exceso por la participación comunitaria. Pero, a pesar de ello, piensan que la mayoría no piensan como ellos, y se sienten aislados. Así, el crecimiento económico no ha colaborado en ello, no estando relacionada la felicidad personal con la renta per cápita, una vez pasado el umbral de calidad antes citado (gráfico 2).

Felicidad y bienestar (Gráfico 2)

Felicidad y bienestar (Gráfico 2)

La separación ahora citada del crecimiento económico y la calidad de vida y la felicidad se hace evidente si lo comparamos con los problemas sociales y de salud y el Índice UNICEF de bienestar infantil. Vemos cómo el incremento de la renta per cápita no guarda relación con estos dos parámetros, al tiempo que se traza una línea recta y correlacionada en la relación entre esos dos parámetros y la desigualdad. Esta relación demuestra que, cuanto más desigual es la sociedad, mayores son los problemas de salud y sociales (gráfico 3) y menores son los índices de bienestar infantil (gráfico 4).

Indice problemas (Gráfico 3)

Índice problemas (Gráfico 3)

Índice UNICEF (Gráfico 4)

Índice UNICEF (Gráfico 4)

Cuando la desigualdad cambia lo que somos

Vivir en una sociedad con altas tasas de desigualdad genera, como no podía ser de otra manera, una gran competitividad entre los ciudadanos. Además, como pasa con los planteamientos neoliberales, el estado mismo y los medios de comunicación nos inculcan e impulsan esa competitividad, haciéndonos a nosotros responsables de nuestra posición en la sociedad, simulando una suerte de sociedad meritocrática, que realmente no existe. Por lo tanto, si estás en las altas (y reducidas) esferas, es porque te lo mereces y realmente has luchado por ello. Sin embargo, si te encuentras en la parte más baja (infinitamente más grande), se debe a que eres una persona poco productiva o poco capaz de prosperar. Así, la desigualdad social tiene efecto directo en nuestro modo de pensar, con consecuencias en nuestra salud y nuestro modo de relacionarnos.

Leadership

I

Una de las consecuencias más claras en la salud (mental en este caso) es que las tasas de ansiedad han aumentado. Un estudio llevado a cabo por la psicóloga Jean Twenge, en el que ha analizado 269 trabajos sobre la ansiedad entre 1952 y 1993 en EEUU (en el que se han analizado alrededor de 52.000 individuos), ha demostrado que la tasa de ansiedad entre la población estadounidense ha crecido de manera evidente y constante1.

A la par que esta patología aumentaba, parecía también que diversos estudios demostraban que la autoestima de cada individuo de la sociedad estadounidense se incrementaba. Mas, el aumento de estos dos parámetros, opuestos, no eran fáciles de interpretar. ¿Cómo podía ser que la gente se siéntese más útil y valiosa y, al mismo tiempo, estuvieran más deprimidas y ansiosas? Pues la razón se haya de nuevo en los valores de competitividad que acarrea la desigualdad y el neoliberalismo. Una parte de estas personas con autoestimas altas, resultaron ser personas con una autoestima enfermiza, llamada también como “egocentrismo amenazado”, “autoestima insegura” o “narcisismo”.

Para demostrar esa percepción, se hizo una investigación exponiendo a diferentes personas realizando ejercicios matemáticos o tareas imposibles mientras eran grabados. Se vio que en esos casos concretos los niveles de estrés y ansiedad eran mucho mayores que en otras situaciones de estrés. Esto se ha relacionado con el intento de mantener el estatus del ser social que cada uno cree representar en la sociedad. Al poner este en duda, los niveles de ansiedad aumentan más que en otros casos, demostrando así una autoestima insegura que está condicionada por la percepción que puedan tener los demás sobre nosotros.

En estos comportamientos que hemos desarrollado en nuestras personalidades ha ayudado la desigualdad social (pero de manera negativa). En las sociedades donde las desigualdades van en aumento, la riqueza que se tiene y el estatus social que nos da nuestro trabajo es algo esencial. Por tanto, con una gran desigualdad, la presión que tenemos sobre nosotros para escalar en la escala social hace que las inseguridades y los narcisismos aumenten.

El mejor ejemplo que nos ayuda a entender esta situación de narcisismos y egocentrismos amenazados lo encontramos comparando a Japón y a EEUU. Japón es el país con menor desigualdad, mientras que EEUU es una de los países más desiguales. En EEUU los patrones de comportamiento social son los antes citados, donde destaca la ausencia de autocrítica, la no aceptación de críticas externas y un autobombo basado en una autoestima insegura con gran dependencia de las opiniones de los demás. Por el contrario, en Japón la autocrítica y la modestia frente a los logros personales y la creencia de que los fracasos personales son causa de la propia ineficacia son comportamientos normales. Por lo tanto, podemos observar cómo la desigualdad es germen de patologías mentales y de comportamientos muy poco saludables para la sociedad en conjunto.

*Para comprender mejor todo esto recomendamos la película American Beauty

Bibliografía

J. M. Twenge, “The age of anxiety? Birth cohort change anxiety and neuroticism, 1952-1993” Journal of Personlity and Social Psychology, 2007 nº 79,

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